Reflexiones de los Mensajes de la Virgen Maria en Medjugorje
En estos Podcasts reflexionamos sobre las palabras preciosas de Nuestra Madre, la Reina de la Paz. Palabras hermosas que vienen del Cielo como un regalo para nosotros.
Reflexiones de los Mensajes de la Virgen Maria en Medjugorje
Deseo, Hijitos, Que Cada Uno De Ustedes Se Enamore De La Vida Eterna.
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Nuestra Madre nos recuerda que esta vida es pasajera y que su mayor deseo es conducirnos al cielo con Dios. Nos invita a enamorarnos de la vida eterna, que comienza desde ahora cuando conocemos, amamos y vivimos en comunión con el Padre por medio de Jesucristo. La oración, el amor y la fidelidad a Dios nos preparan para vivir, desde esta tierra, un anticipo del cielo.
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía tu espíritu y todo será creado y se renovará la faz de la tierra. En los últimos días, nuestra Madre nos ha venido llevando de la mano. En su último mensaje del 25 de junio del 2026 nos recordaba que somos pasajeros en esta tierra y que ella está con nosotros para guiarnos hacia Jesús, que es el camino, la verdad y la vida. Hoy quisiera dar un paso más junto con ella. Si nuestra vida en esta tierra es pasajera, entonces surge una pregunta muy hermosa: ¿hacia dónde quiere conducirnos nuestra Madre? Ella misma nos responde un mensaje del 25 de noviembre de 1986 donde nos dice: "Yo los amo, queridos hijos, con un amor especial y deseo conducirlos a todos al cielo con Dios. Yo deseo que ustedes comprendan que esta vida dura poco en comparación con la del cielo. Por tanto, queridos hijos, decídanse hoy nuevamente por Dios. Solo así podré mostrarles cuánto los ama y cuánto deseo que todos ustedes sean salvados y estén conmigo en el cielo". Qué hermoso es escuchar el corazón de nuestra Madre. Ella no solo viene a consolarnos, no solo viene a enseñarnos a orar, no solo viene a llamarnos a la conversión. Ella misma nos revela cuál es el mayor deseo de su corazón: conducirnos al cielo con Dios. Y para que nunca perdamos de vista esa meta, nos recuerda una verdad que puede cambiar toda nuestra vida. Esta vida dura poco en comparación con la del cielo. Cuando esta verdad entra de verdad en el corazón, todo comienza a verse de una manera distinta. Las alegrías se reciben con gratitud, las dificultades se abrazan con esperanza, las cruces ya no parecen inútiles. Y dejamos de aferrarnos a lo pasajero porque sabemos que Dios nos está preparando para una felicidad que nunca terminará. Años después, nuestra Madre volvería a regalarnos unas palabras que iluminan todavía más este mensaje Deseo, hijitos, que cada uno de ustedes se enamore de la vida eterna que es su futuro. Qué expresión tan hermosa. Pero quizá podríamos preguntarnos: ¿cómo puede uno enamorarse de la vida eterna? La respuesta no nos la da un teólogo ni un santo, ni siquiera la Virgen. Nos las da el mismo Jesús. En una de las oraciones más profundas del Evangelio, la noche antes de entregar su vida por nosotros, mientras hablaba con su Padre, Jesús reveló qué es verdaderamente la vida eterna. Le dijo: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado". Qué maravilla entonces comprendemos que la vida eterna no es solamente un lugar al que esperamos llegar algún día. La vida eterna es conocer a Dios, es vivir en comunión con él, es amar al Padre, es seguir a Jesús, es dejarnos transformar por el Espíritu Santo. Por eso la vida eterna no comienza solamente cuando termina nuestra vida en la Tierra. Comienza desde ahora. Comienza cuando la oración deja de ser solamente palabras y se convierte en un verdadero encuentro con Dios. Cuando descubrimos que el Padre nos espera, que nos llama por nuestro nombre, que nos ama con un amor infinito y que somos la alegría de Dios aquí en la Tierra. Y entonces sucede algo maravilloso. Nuestro corazón empieza a desear estar cada vez más cerca de Dios y poco a poco comprendemos lo que nuestra madre quiere decirnos cuando nos invita a enamorarnos de la vida eterna. Porque cómo no enamorarnos de la vida eterna, si la vida eterna es vivir para siempre con aquel de quien ya nos estamos enamorando aquí. Pidámosle hoy a nuestra madre la gracia de no perder nunca de vista el cielo, que nos enseñe a conocer cada día más al Padre, a amar más profundamente a Jesús y a vivir tan unidos a Dios que nuestro corazón se enamore cada día más de él, porque en él comienza ya la vida eterna. María, reina de la paz, ruega por nosotros.